martes, 29 de noviembre de 2016

“Fueron 105 días terribles que marcaron mi vida”

En una declaración adelantada ante el Tribunal Oral Federal 6, Cristina Comandé contó cómo fue secuestrada en 1976, los tormentos que sufrió en el centro clandestino y a qué víctimas y represores vio durante su cautiverio.
Por: Alejandra Dandan

Cristina Comandé logró que los represores la dejaran de nuevo en su casa. Era 30 de diciembre de 1976. Habían pasado tres meses desde el ingreso al campo, el modo en el que aún hoy llama al centro clandestino Puente 12, que funcionó en la Brigada Güemes desde antes del comienzo de la dictadura. “Me bajé del auto sin mirar para atrás”, dijo a los jueces. “Quería correr, pero sabía que no podía. Alcance a ver a mi mamá en la calle, en la misma situación que yo, pero metros más adelante. ¡Mamá! ¡Mamá!, le grite. Ella no se dio vuelva. ¡Mamá! ¡Mamá! Y ahí se dio vuelta. Nos dimos un abrazo. ¿Por qué no te dabas vuelta? Porque todo el tiempo escuchaba que me llamabas.”

La pequeña sala de audiencias donde el Tribunal Oral Federal 6 de la Ciudad de Buenos Aires, que tomó testimonios adelantados de un juicio que después de 40 años aún no tiene fecha de comienzo, escuchó en silencio. Cristina había dejado su bastón a un lado de la silla. “Fueron 105 días siniestros, 105 días terribles que marcaron mi vida para siempre”, continuó. “Durante el tiempo que estuve nunca menstrué, por ejemplo. Cuando llegué a mi casa del brazo de mi mamá, fuimos a ver a mi papá a la cama porque había entrado en una depresión. No iba a trabajar. Mi hermano más chico tenía 10 años, y cada tanto volvía de la escuela diciendo que alguien me había visto y que yo estaba bien, porque creía que así aliviaba a mis viejos. Mi hermano mayor, Luis,  tenia 18 años y fue el que asumió el lugar de mi padre. Hizo la denuncia en la Comisaría 6ª con mi madre. Fueron el mismo día del secuestro. Les preguntaron: ¿ustedes son los de la calle Moreno? Una pregunta por la que sospechamos que habían dado zona liberada. A esa misma hora yo estaba siendo torturada en ese mismo lugar. Hoy tengo 62 años –les dijo entonces a los jueces–. Tengo un compañero excepcional, dos hijos que son mi amor, dos nueras a las que quiero como hijas y tres nietos con los que soy feliz sólo al verlos. Pero para cada fin de año, cuando se acerca la fecha de mi liberación, siento que me faltan mis compañeros, que me faltan a mí y a toda la sociedad. Acá se cometió un genocidio. Mataron. Violaron. Torturaron. Robaron niños. Hicieron barbaridades a mansalva. Destruyeron el destino de familias enteras. Yo le pido al tribunal, a ustedes, señores jueces: memoria, verdad y justicia.”

Cristina Comandé declaró el jueves 17 de noviembre; antes lo había hecho Lucía Beatriz Fariña. Cuando la fiscal Angeles Ramos le pidió que contara su tránsito por el centro clandestino, Cristina se detuvo. “Primero quiero dejar planteada mi queja porque no están aquí sentados los imputados: me gustaría que escuchen el testimonio de sus víctimas.” Lucía había dicho lo mismo. La presidenta del tribunal, María del Carmen Roqueta, que en aquella ocasión no dijo nada, esta vez, aclaró que ellos iban a escucharlo a través de alguno de los mecanismos establecidos por sus defensores.
– Pero no es lo mismo –se escuchó, en voz baja, en la sala.
Entre los acusados del juicio están los responsables del centro clandestino que funcionó en Ricchieri y General Paz. Enfrente estuvo el Vesubio y en el mismo predio funcionó más tarde el centro clandestino El Banco. Por eso, en la historia de su reconstrucción, los sobrevivientes tuvieron que aprender a nombrarlo. Se lo conoció como Protobanco y ahora como Puente 12. Mediante el incansable trabajo de investigación y reconstrucción de los sobrevivientes y familiares, la Justicia logró ir separando a detenidos desaparecidos que en algún momento confundieron el cautiverio con esos otros centros clandestinos. Puente 12 funcionó entre 1974 y abril de 1977. Era un lugar administrado por la Policía bonaerense en conexión con el Ejército, aunque también hubo participación de Fuerzas conjuntas, según testimonio de las víctimas. Los detenidos estuvieron recluidos en el lugar conocido como División Cuatrerismo. De los responsables vivos llegaron a esta etapa nueve imputados, entre ellos el ex comisario Miguel Echectolatz como jefe de la Policía bonaerense, el ex jefe del área militar 112 de La Tablada Federico Antonio Minicucci y el teniente coronel Hugo Idelbrando Pascarli. El resto son policías bonaerenses. 

“Yo era de una familia de clase media con mucha sensibilidad social. Iba a una escuela de monjas, trabajaba porque en mi casa se necesitaba mi sueldo para vivir. Mi familia estaba integrada por mis padres, y dos hermanos menores. Tenía 18 años cuando salí del colegio secundario y empecé a estudiar y trabajar. Ahí fue como salir al mundo: me di cuenta que no era una cajita de bombones como había aprendido.” Cristina habló sin papeles en la mano pero extremadamente pausada, como si siguiera mentalmente la lectura del texto que escribió a lo largo de los años.

“Siendo joven comencé a participar socialmente de las actividades y de los movimientos que se estaban produciendo en esos momentos. Era el año ‘73. Me fui acercando a la política. Milité en la Facultad de Filosofía y Letras en la Juventud Guevarista, que era la juventud del PRT-ERP. A los 22 años, una noche, luego del cumpleaños de mi mamá del 16 de septiembre de 1976, en la madrugada golpearon la puerta de casa y entró una patota de la Policía Federal, de cinco o seis personas, vestidas de civil y fuertemente armadas.” 

Esas “personas” fueron quienes encerraron a la familia en el baño y la hicieron vestir a ella, mientras saqueaban la casa. Se llevaron lo que pudieron y también a ella adentro de un auto. Luego de un corto trayecto la subieron por una escalera estrecha hasta un altillo, con las manos esposadas. Le mostraron a un compañero, el primero de una larga lista de nombres de los que habló a lo largo de la audiencia: José Martín Mendoza. Le picanearon el cuerpo especialmente ensañados con las zonas de mayor dolor. Cuando la bajaron, la dejaron tendida sobre un piso de madera, antes de sacarle los aros. “Eran los aros que me había regalado mi abuelo en mi bautismo, me los sacaron –dijo–: en ese momento tuve una sensación de despojo total, de no tener nada, ni siquiera mi cuerpo.”
Una noche volvieron a trasladarla. Ahora viajaba en el baúl de un auto durante un trayecto largo. Pensó que iban a matarla. “Ojalá fuera así –se dijo– porque no sabía cuánto más iba a resistir”.

Con ella, también la sala llegó, así, al centro clandestino. El calabozo de dos metros por uno, con piso de cemento, sin ventanas, del que había hablado Lucía. El espacio repleto, “no había lugar dónde estar”. Le decían que era una especie de cárcel, y más tarde uno de los detenidos le dijo que era un centro clandestino. Volvieron a torturarla. Otra vez frente a aquel compañero. Los sometieron a ambos desnudos. En los interrogatorios usaron picanas, golpes, baldes de agua fría. “Pero también había un sistema de ponernos una pulsera de metal conectado a un cable por el que pasaba la corriente: cuando usaban la picana sentíamos la electricidad a través de las pulseras”.

Como en los relatos ante la Conadep y los primeros testimonios de los juicios, Cristina mencionó una a una las condiciones de deshumanización en el centro clandestino, los tormentos, “la comida espantosa”: “Traían una olla grande y repartían dos o tres jarros con una o dos cucharas para que fuéramos comiendo entre los compañeros. El pan lo guardábamos para las embarazadas.”
Las guardias rotaban en turnos de 24 por 48 horas: Sapo Chico, que era petiso y gordo, Sapo Grande, alto delgado; Don Juan, morocho y probablemente del interior; Ricardo, joven teñido de rubio...

Y allí dijo. “En el campo eran muy comunes las violaciones”. Lucía ya había dicho lo mismo. “Las veces que venía el coronel decían: ¡A tabicarse que viene el coronel! Entrábamos en pánico porque era muy probable que se llevaran a una compañera para violar. En una ocasión empecé a llorar y a los gritos. Y no paré hasta que me devolvieron al calabozo.”
Allí adentro vio a Miguel País, muy lastimado, a Hugo Federico González, a Maria Eloisa Castellini de Petrakos, a Marta Taboada, al Negro Arroyo, a Gladys Porcel, entre muchos otros.

El 30 de diciembre le dijeron que se iba a ir. Agarró el pulover pensado que se iba a ir a una cárcel. La pusieron en un auto. Y la dejaron a dos cuadras de la casa. “Me bajé –dijo– sin mirar atrás.”

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