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martes, 17 de noviembre de 2015

Circuito ABO: la Corte desestimó una queja de 3 represores condenados


Los habían sentenciado a perpetua en 2010

El máximo tribunal declaró inadmisible un recurso presentado por la defensa de Guillermo Víctor Cardozo, Eugenio Pereyra Apestegui y Oscar Rolón. Los tres fueron condenados a perpetua por crímenes cometidos en los centros clandestinos Club Atlético, Banco y Olimpo.

La Corte Suprema de Justicia declaró inadmisible un recurso de queja presentado por la defensa de tres genocidas condenados por delitos de lesa humanidad por su accionar en el denominado circuito ABO (Club Atlético, Banco y Olimpo) durante la última dictadura cívico-militar. Se trata de los recursos presentados por la defensa de Guillermo Víctor Cardozo, Eugenio Pereyra Apestegui y Oscar Augusto Isidro Rolón, todos condenados a prisión perpetua en diciembre de 2010 por el Tribunal Oral en lo Criminal Federal (TOF) N° 2 de la Capital Federal. Los jueces Ricardo Lorenzetti, Elena Higthon y Juan Maqueda firmaron el 10 de noviembre pasado el fallo que declaró “inadmisible” la queja presentada por la defensora oficial Magdalena Laiño.
Rolón era apodado como “Soler” en los centros clandestinos Atlético, Banco y Olimpo. Cardozo y Pereyra Apestegui (ambos gendarmes) actuaron en el Olimpo:  el primero cumplía funciones como torturador y guardia interna, y el segundo como guardia interna y en interrogatorios.

Mario Villani estuvo más de 40 meses secuestrado en cinco centros clandestinos. Sobrevivió porque en el circuito ABO y en el Pozo de Quilmes y la ESMA reparaba cosas que robaban a los secuestrados. Villani, ya en democracia, facilitó a la Justicia una lista donde daba los nombres de los represores y su apodo. Lo mismo hizo con víctimas y llegó a reconocer unas 166. En esa lista, por ejemplo, figuraba el propio Rolón.

“Cuando entré al Olimpo lo primero que me dijeron fue: ‘Somos Diosito’, así en diminutivo. Si no cantás, te vas para arriba. Acá ni siquiera tenés derecho a elegir cuándo vas a morir” dijo Villani. Y relató que "en la oficina de Inteligencia, sobre la pared, habían puesto un gran paño rojo con un gran círculo blanco en el centro y dentro, una cruz esvástica”.

Cardozo, alias “Cortés”, se dedicó a adoctrinar en Campo de Mayo a los guardias de los centros clandestinos para que no hablaran de los crímenes con nadie. En los ’90 fue comandante mayor y hasta 1998 fue segundo jefe de la Región II (Rosario) de Gendarmería. Por su parte, Apestegui, alias “Quintana”, es recordado porque obligaba a los secuestrados a hacer esfuerzos físicos inhumanos, escuchar discursos de Hitler y canciones de Nino Bravo.

Tres centros clandestinos
El circuito ABO funcionó al menos desde febrero de 1977 hasta enero de 1979, bajo la órbita operacional del entonces General de División Carlos Guillermo Suárez Mason a cargo del Comando del Primer Cuerpo del Ejército correspondiente a la Zona de Defensa I. Se trató de un único centro que fue mudando su sede sucesivamente, pero que mantenía sus guardias, detenidos, modus operandi e, incluso, su mobiliario.

Atlético estaba ubicado entre las calles Paseo Colón, San Juan, Cochabamba y Azopardo en lo que eran dependencias de la Superintendencia de Administración. Tenía capacidad aproximada para mantener en cautiverio a 200 personas y según datos que se expresaron en el juicio “se habrían alojado allí más de 1500 personas”. Operó desde mediados de 1976 hasta diciembre de 1977. Fue demolido para la construcción de la autopista 25 de Mayo.

El Banco funcionó en la intersección de la autopista Richieri y el Camino de Cintura, en La Matanza, provincia de Buenos Aires. Eran instalaciones que pertenecían y pertenecen a la Policía de la provincia de Buenos Aires. En aquel sitio operaron varias fuerzas desde fines de 1977 a mediados de 1978.

El Olimpo operó en la División Mantenimiento de Automotores de la PFA, ubicado en las calles Lacarra y Ramón L. Falcón de la Ciudad de Buenos Aires. Funcionó desde del 16 de agosto de 1978 hasta comienzos de 1979, en que fue desmantelado. Hoy los tres lugares son sitios de memoria.

martes, 2 de marzo de 2010

Testimonio por Liliana Fontana y por Pedro Sandovañ

Silvia Graciela Fontana, hermana menor de una desaparecida, declaró ayer en el juicio oral contra los represores del circuito ABO. En su declaración narró el secuestro de su hermana Liliana (“Paty”) y su cuñado Pedro (“Erico”) acaecido el 1º de julio de 1977, tal como hizo en ocasión del juicio contra el ex gendarme Víctor Rei por la apropiación del hijo de la pareja, Alejandro.
Silvia detalló cómo fue la búsqueda de Paty y Erico; los hábeas corpus; la lucha de su madre Chela, una Abuela de Plaza de Mayo; los testimonios de sobrevivientes que confirmaron el nacimiento de su sobrino, y la última noticia sobre Paty brindada por un ex detenido del CCD La Perla, de Córdoba, ya sin su bebé y visiblemente maltratada.
La declaración de Silvia dejó en claro el papel decisorio del Turco Julián en el CCD Club Atlético, adonde estuvieron cautivos Paty y Erico. La fiscalía solicitó al tribunal que la mujer pudiera ver las fotos de legajo de los imputados para señalar al represor que comandó el secuestro, a lo cual las defensas de los acusados se negaron. No obstante, luego de media hora de deliberación, los jueces permitieron que la testigo observe las fotos.
Con la voz entrecortada, Silvia dijo sobre el Turco Julián: “Ojalá algún día su conciencia haga que le pueda decir a mi madre dónde está mi hermana”.

El debate oral se desarrolla los lunes, martes y miércoles por medio (ya que comparte sala con el juicio ESMA) de 9 a 17 en la sala de audiencias del Tribunal Oral Federal Nº 2, ubicada en el edificio de Comodoro Py, en el barrio de Retiro.

Juan Guillén testimonia por Trudi Hlaczik y por José Poblete


De chico Juan Agustín Guillén padeció polio y perdió parte de una pierna. Desde entonces usa prótesis y muletas. En los años 70 fue uno de los fundadores del Frente de Lisiados Peronistas (FLP), la primera agrupación de discapacitados en participar de un movimiento político. Sorprendía verlos a todos juntos en las multitudinarias marchas de esos años, cuando todavía sus problemáticas permanecían más invisibilizadas que ahora.
Guillén arrancó su testimonio –que se extendió por casi dos horas– con la imagen de su ex mujer, Mónica, embarazada de cuatro meses, exactamente el 7 de diciembre de 1978. “Ya teníamos un hijo, Juan Pablo. Fuimos a la zona de Pacífico a mirar regalos para navidad. En un momento, ella me dice que tenía ganas de llamar a la mamá. Busqué un teléfono público, ella se quedó ahí y yo le compré un ramo de jazmines. Cada vez que le compraba un ramo de jazmines algún lío teníamos”, recordó Guillén, permitiéndose una sonrisa.
–Tengo una buena noticia –dijo Mónica–. Mi vieja me contó que llamó Trudi.
Trudi era el apodo de Gertrudis Hlaczik, esposa de José Livorio Poblete Roa, otro de los fundadores del FLP. “Mónica y Trudi habían ido a la escuela juntas, eran muy amigas, pero hacía como un año y medio que no se veían”, precisó Guillén. Mónica, que era ciega, insistió en visitar a su madre esa misma tarde pese al desacuerdo de su marido. Éste, por su parte, volvió para Villa Domínico, el barrio donde vivían, recogió a su hijo de cuatro meses de lo de una vecina, lo bañó, lo durmió y se puso a leer un libro que se había comprado un rato antes en la estación Constitución.
“Estaba tan interesante el libro que no me di cuenta del paso del tiempo, dos, tres horas pasaron. En eso, la cortina se movió de una manera muy rara, seguí leyendo, levanté la vista y vi la cabeza de un hombre que se asomaba por la ventana”.
–No te muevas o te vuelo la cabeza –fue la orden, y de inmediato ingresaron a la vivienda “cinco o seis hombres” fuertemente armados–. ¿Dónde están los fierros?
–Acá no hay ningún fierro –respondió Guillén, cuyos únicos fierros eran sus muletas y su prótesis.
–¿Dónde están los dólares? –preguntaron entonces.
–¿Qué dólares? –repreguntó Guillén mientras los intrusos subían la escalera y bajaban con el niño.
–Te vamos a llevar a vos y al nene –dijo el hombre que comandaba el operativo.
Así fue. A Guillén lo esposaron, le vendaron los ojos y lo metieron a un coche. Su hijo Juan Pablo, adelante, en brazos de un represor. Cuarenta y cinco minutos después, el testigo escuchó un portón abriéndose y al vehículo estacionarse. Lo bajaron y lo condujeron hasta una oficina. De allí lo trasladaron a través de un pasillo. “Yo percibía que había varias personas pero todas en silencio –dijo Guillén–, y se sentía el olor a tabaco de filtro”. Finalmente, se detuvieron.
–Yo soy el Turco Julián –se presentó el represor.
–¿Dónde está mi señora? –preguntó Guillén.
–Contame todo.
–No sé qué quiere que le cuente.
–Ponete contra la pared.
Julio Simón, tal el nombre real del represor, comenzó a golpearlo en la espalda. Le pegó y le pegó hasta que Guillén cayó agotado. Lo encerraron en un tubo cuyo único objeto era un colchón lleno de sangre. El torturado trató de calmar el dolor en la espalda frotándose contra el frío cemento del piso. Al día siguiente los secuestradores le exigieron a Guillén que escribiera “todo”. El hombre simplemente confirmó lo que sus victimarios ya sabían: que había militado en Cristianos para la Liberación y en el FLP.
De vuelta en el tubo, Guillén conoció la rutina del centro clandestino. Luz artificial durante todo el día, el ruido de un extractor de aire, los gritos de los supliciados. “Era enloquecedor”, dijo Guillén. Cierto día, escuchó una voz conocida. Era la de Trudi Hlaczik, la amiga de su mujer. “Entonces me paré, la vi pasar y la llamé en voz baja”.
–A Mónica le dieron picana. Está en la enfermería con pérdidas –le dijo Trudi, que formaba parte del grupo de detenidos obligados a limpiar el lugar.
Guillén le vio un moretón que le cubría la mitad de la cara. El represor Colores, al momento de secuestrarla, le había dado un culatazo con una Itaka. Guillén le preguntó a Trudi por su beba, Claudia Victoria. “Ya se la mandaron a mis viejos”, respondió Trudi, que aún no sabía que su hija ya había sido apropiada.
En su testimonio, Guillén mencionó a varios ex detenidos con quienes compartió su cautiverio en El Olimpo, muchos por sus apodos. “Hueso, Susana Caride, Mario Villani y su señora, Laura, Rengel, Isabel Fernández Blanco, el Pato y la Pata, Isabel Cerruti junto a otros familiares, Julia Zabala Rodríguez, Ernesto y la Negrita, Chocolate, Pepe, Jorge Paladino”. Asimismo, confirmó que Marta Vaccaro, quien continúa desaparecida, estaba embarazada.
Días después, Mónica, la mujer de Guillén, fue sacada de la enfermería y encerrada en el mismo tubo que su marido. El hijo de ambos fue llevado con la madre de Mónica. Guillén se encontraría luego con José Poblete. Se abrazaron. Pepe le pidió que cuando saliera en libertad fuera a visitar a su madre, Buscarita, promesa que Guillén cumplió. Pese a que lo liberaron, Guillén y su esposa estuvieron bajo vigilancia durante más de dos años.

El debate oral se desarrolla los lunes, martes y miércoles por medio (ya que comparte sala con el juicio ESMA) de 9 a 17 en la sala de audiencias del Tribunal Oral Federal Nº 2, ubicada en el edificio de Comodoro Py, en el barrio de Retiro.

Tres hijos testimonian por sus padres desaparecidos


Con todas las partes representadas en la sala, se reiniciaron hoy las declaraciones testimoniales del juicio por los crímenes cometidos en el circuito ABO. El primer turno fue para Fernando Daniel Tocco Basualdo, cuyo padre desapareció el 12 de junio de 1977, un mes antes de que él naciera, de allí que su relato se basó en la reconstrucción familiar del hecho.
“Lo detuvieron en la vía pública, entre la una y las tres de la tarde, no hay testigos del secuestro. Era empleado, no había terminado la secundaria, tenía apenas veinte años”, contó Fernando, quien agregó que desde ese momento su madre, María Esther Basualdo, extremó las precauciones porque también la buscaban a ella. Fernando consignó que los sobrevivientes Ana María Careaga y Miguel Ángel D’Agostino vieron a su padre en el CCD Club Atlético.

Acto seguido, declaró ante el TOF Nº 2 Julieta Risso, hija de los desaparecidos Daniel Risso y Nidia Puerta. “Ella era maestra y tenía un fuerte compromiso con Cristo. Mi papá se crió en Gualeguaychú hasta que terminó la secundaria y se vino a Buenos Aires a estudiar educación física”, detalló, “con mi mamá se conocieron en un campamento de los grupos juveniles de la iglesia”.
Nidia, la madre, era de Villa Celina, donde hacía trabajo de base junto con su marido. “Participaron de Liberación Igualdad Cristiana, donde publicaban una revista. Después se comprometieron más profundamente y militaron en el peronismo, inicialmente en la agrupación 9 de Junio, luego en el MR17 que más tarde se fusionaría con el FRP convirtiéndose en el FR17”.
Mientras iban cayendo compañeros de militancia, las fuerzas represivas los fueron a buscar a la casa de sus abuelos. Golpes, amenazas e interrogatorios debieron padecer sus abuelos y un peón de la pizzería familiar, a quien incluso le llegaron a gatillar sin balas para que hablara.
El 11 de septiembre a la noche, mientras celebraban el cumpleaños de Noel Hugo Clavería, un compañero que vivía con ellos en un departamento de Villa Tesei (por entonces Morón), sintieron pasos en los techos y apagaron las luces. “Enciendan las luces si no abrimos fuego”, gritaron los secuestradores. “Hay chicos y una mujer embarazada”, respondió el papá de Julieta. “Salgan con las manos en la cabeza”, fue la orden. Así procedieron. A Daniel Risso y a Clavería los tabicaron, esposaron y golpearon. A María Esther la hicieron revolver toda la casa en busca de información incriminatoria.
“Los vecinos, hasta hoy, tienen miedo de hablar del tema. Fue un operativo muy grande”, explicó Julieta. A poco de llevarse a su padre, hicieron lo propio con su madre.
Culminado el testimonio de Julieta, fue el turno de su hermano, Pablo Martín Risso, que al momento del operativo era un niño de tres años. “Tengo recuerdos muy vagos de mi mamá y un perro que teníamos”, señaló, “recuerdo que a mi papá lo encapucharon con un vestido de mamá”. Por mucho tiempo, Pablo Martín no pudo ir a ningún cumpleaños porque rompía en llanto.
Pablo confirmó todos los dichos de su hermana. Añadió que los represores le dijeron a su abuelo que el boleto de compra-venta del departamento de Tesei estaba a nombre de su mamá, lo cual, según los represores, era prueba de que se trataba de una casa comprada por “la organización”, ya que habitualmente las ponían a nombre de las mujeres. Vaciaron el inmueble, hay vecinos que aseguran que se peleaban por el botín. Al abuelo le quitaron la chequera, le incautaron los fondos y le robaron la pizzería.
Entre el público, Julieta, su hermana, se abrazaba con Delia Barrera y Ferrando, sobreviviente del Atlético. Pablo, con las fotos de sus padres y visiblemente emocionado, cerró su declaración destacando el valor de que se juzgue a los responsables de la desaparición de sus padres.

Previo al comienzo de la audiencia de hoy, fiscalía y querella pidieron al tribunal que incorporara a la prueba reunida los documentos desclasificados  referidos al Batallón 601, en donde figuran nombres de represores y sus respectivos alias (el de Guglielminetti por ejemplo, imputado en este juicio). La querella, tal como hizo antes la fiscalía, desistió dos testigos: la Abuela de Plaza de Mayo Buscarita Roa y su hijo Fernando Navarro Roa. Elevó la petición, asimismo, de que se reprograme la declaración de Natalia Matheu para el 5 de mayo próximo, pedido al cual hicieron lugar los jueces. A las 15.30, finalizado el veredicto de la causa LAPA, declarará el ex detenido-desaparecido Juan Agustín Guillén.
Febrero 2010

El debate oral se desarrolla los lunes, martes y miércoles por medio (ya que comparte sala con el juicio ESMA) de 9 a 17 en la sala de audiencias del Tribunal Oral Federal Nº 2, ubicada en el edificio de Comodoro Py, en el barrio de Retiro.